Guiomar Amell
Decana del Colegio de Licenciados y Doctores de Bellas Artes

 

No puede negarse que la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, ha alcanzado una incidencia prácticamente universal. Ha pasado de ser una reivindicación de alguna manera minoritaria, a convertirse en un clamor mayoritario. Esto ocurre porque poco a poco va calando la conciencia de que la mujer, en tanto que persona, a pesar de su ‘función’ reproductora, no es sólo eso, es una persona con los mismos derechos que el hombre. Pero esta es una realidad que no se acepta universalmente, porque hay países e ideologías que la subyugan y dominan reduciéndola a este papel.

El clamor universal en favor de la mujer promueve y reclama su presencia y aportación personal en cualquier ámbito vital y social, y le equipara a los derechos que hasta ahora se ha atribuido el hombre. Ciertamente esto es una ganancia, podemos decir que es también un progreso social, aunque como cualquier evolución social cuando se generaliza, crea también nuevos problemas.

Ésta es la servidumbre de la democracia, que a pesar de dar la voz a todo el mundo, a menudo genera visiones opuestas o diferentes. Pienso que el hecho de que el Día de la Mujer, se levanten voces diversas en sí no es negativo, quizás sí que lo sea si estas voces diversas generan bandos, y cogen actitudes similares a las generadas en su tiempo por la lucha de clases . No podemos desvirtuar una lucha que defiende la equiparación vital de mujeres y hombres, y fomenta la incorporación de la mujer en paridad en cualquier ámbito social, empresarial, laboral, profesional, haciendo el rodeo que supondría excitar una lucha entre sexos.

Seamos conscientes de que estos conceptos “sexo” y “género” también ha evolucionado y por tanto las categorías mentales antiguas también están en revisión, me atrevo a decir afortunadamente.